Una carta en Brañosera
Un Alfonso la vació, y otro Alfonso, el Casto, la soñó poblada. Tan poblada que sus hijos llegaban hasta el mar, se echaban a él y encontraban el otro lado. El sueño era grande, muy grande, casi tanto como aquel valle lleno de nieblas y de osos. Munio y él, en un lance más imprudente que valiente, dieron cuenta, mano a mano, del último oso. Pero las nieblas no, las nieblas eran invencibles. Alfons…