Una carta en Brañosera
Un Alfonso la vació, y otro Alfonso, el Casto, la soñó poblada. Tan poblada que sus hijos llegaban hasta el mar, se echaban a él y encontraban el otro lado.
El sueño era grande, muy grande, casi tanto como aquel valle lleno de nieblas y de osos. Munio y él, en un lance más imprudente que valiente, dieron cuenta, mano a mano, del último oso. Pero las nieblas no, las nieblas eran invencibles.
Alfonso los llamó, ellos respondieron y allí estaban, los mejores, los más bravos, los más libres. Los más suyos. Habían convertido en altar una gran losa de los antiguos, habían descepado y roturado el brezal quemado en la primavera, tenían una cueva donde ocultar el ganado y seguro que ya sabían por dónde forzar los límites de la carta que iba a firmar el conde en presencia del rey.
Alfonso sabía que no habría niebla, ni oso, ni moro, ni océano, que los detuviera.
Pero primero había que firmar aquella carta.
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