Nosotros estamos abajo, al fondo, intentando arreglar el estropicio. O en el hospital, recuperándonos de las heridas, o curando a las víctimas. O repasando de madrugada, palmo a palmo, las vías entre Sevilla y Barcelona. O buscando un medio de transporte alternativo para el día que nos toca presencial en la oficina.

Ellos ocupan el escenario porque nosotros somos así de estúpidos, porque premiamos con nuestro voto al que ofrece gestos y trincheras, y nos dan eso, gestos y trincheras. Porque premiamos los gestos están pendientes de la cámara, de ganar el relato, mientras dan la espalda al resultado del problema que ellos, con su desidia, no han sabido prevenir, porque no estaban a eso. Están en las trincheras, y desde las trincheras no se previenen los incendios, ni se laminan las riadas, ni se mantienen las vías en buen estado de conservación.

Un día, un tren descarrila, y donde todos vemos dolor ellos sólo ven un riesgo y una oportunidad, una nueva trinchera que hay que ganar, una primera fila que hay que disputar en una foto, un problemón prometedor que podemos desviar hacia el de enfrente.

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